La vida al lado de Bonnie Prince podría decirse que resulta sencilla. Él se levanta temprano para peinarse el bigote de un modo lento y ceremonioso, y durante ese tiempo, yo aprovecho para dormir en el centro de la cama, buscando el lado fresquito de las sábanas. Después, mientras él quita el polvo de sus guitarras, yo miro cómo el gato admira su propio sabor a gato, mientras se lame los pies una y otra vez. Los bizcochos suben en el horno, y los pies se tapan con gruesos calcetines de lana que se enganchan en la madera del suelo. Y en la madera de las paredes, si me apuras. Y está bien eso de vivir a pie de tierra, sin tener gente arriba, ni tampoco gente abajo. Abajo sólo bichos. Bichitos y cesped y plantas, y mala hierba y hierbabuena.
Bonnie Prince siempre está triste, así, por naturaleza. Eso es medio bueno, porque así parece que yo siempre esté alegre, aunque no lo esté. Pero nunca, en ningún caso, estoy tan triste como él. Será que yo no me llamo Agnes (queen of sorrow).
Cuando salimos al a calle se cubre la cabeza con una gorra horrorosa, a juego con el resto de gorras horrorosas que se ven por las calles de Louiseville. Y canturrea.
Entonces yo pienso: la puta, qué tio más raro este Bonnie Prince. Pero qué bien se vive en el corazón de Kentucky, y lo que me llego a aburrir en Barcelona las tardes que llueve y no llueve.
Voy a por una cerveza y unas patatas.
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